Admito que leía al señor Extremo con un poco de envidia: si no esta aterrizando en paracaídas, se hecha la ruta en moto, o se sube al bungee, o baja cavernas, o se mete al lago, o saca viboras de un hoyo sube, baja, mete, saca, mete, rompe, saca y la única herida que le ha hecho daño es la de rescatar su lap de caer al suelo. (Aaaay y este Atleta con tantas ganas de hacer algo y nomás no hace nada…)

Pero ahora que regresaron los niños a la escuela y el tráfico endemoniado a la ciudad, me doy cuenta que yo lo hago todos los días, antes de que den las ocho de la mañana. Me trepo a mi poderoso “patas de hule”, pongo la música fuerte y chin.. su madre el que se me ponga enfrente: tengo que llegar a la oficina.

Advierto que, aviento lámina pero con cuidado: nada que 4 frenos de discos no puedan detener. Suficiente potencia como para acelerar y frenar casi al instante, y lograr ese codiciado lugarcito entre un camión y la banqueta.

Y que decir de los taxistas: esos pelmazos que van cobrando y logran que el vocho se vea como un elefante buscando donde morir: lento, lento. El papá que se le hizo tarde, la ñora que va persignando al hijo, los imbéciles que siguen parándose en tercera fila en Mixcoac y tapan 3 de 6 carriles.

A todos ustedes: descubrí una nueva ruta que pasa por ahí y les advierto que si me ven, mejor se abran, porque todavía me faltan como 25 kilometros para llegar a mi chamba.

Me encanta ver el tráfico, cuando se va quedando y lo miro por el retrovisor.

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